A menudo hablamos sobre cómo la tecnología está aquí y ha sido creada para servirnos y ayudarnos en el día a día. Es decir, nadie niega que el uso de una lavadora, por ejemplo, es muy útil ya que nos permite hacer las tareas a una velocidad mucho mayor que lo normal. Lo mismo va para otros objetos cómo un ordenador, un lavavajillas o un coche.
Es verdad que en las actividades cotidianas, la tecnología no puede hacer más que ayudar y facilitar pero, ¿y en el arte? ¿Deberíamos usar la tecnología actual para facilitarnos la creación de una obra artística? Mucha gente considera que lo que hace al arte maravilloso y sublime, es su propia complejidad. Si intentamos facilitar nuestra labor a la hora de crear una obra de arte, ¿no perdería este mucha belleza y atracción? Todo el mundo está de acuerdo en que el arte no es una labor cotidiana.
Este artículo no es una crítica a la tecnología aplicada al arte, ya que es obvio que las guitarras, las cámaras o los estudios de grabación han expandido las fronteras del arte, pero sí es un intento de diversificación entre las palabras “facilitar” y “expandir”. Por ejemplo, no es lo mismo usar la tecnología para poder escribir una canción más rápido y mejor, que usarla para crear nuevas tendencias y estilos.
A menudo se considera que crear algo con las menores posibilidades y ayudas posibles vale más que con muchas facilidades, obiamente si esto fuese totalmente cierto y aplicado al arte, estaríamos ante una mirada apocalíptica, ya que las facilidades y las ayudas van aumentando y, por consecuencia, el arte empeorando.
En conclusión habría que hacer una profunda reflexión poniendo a prueba avances en el arte como la música electrónica y el cine en 3D y decidir si estos son una expansión o una simple facilitación.
Patrick Gornic González